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Mariví tiene un plan

Este relato fue presentado a la Antología Serie B, cuyo premio fue considerado desierto.

    El despertador marcaba las 8:35 de la mañana cuando un tenue rayo de sol se colaba por la rendija de la persiana e impactaba en la cara de Mariví. Maldijo no haberla cerrado del todo bien horas antes, pero quién se iba a fijar en eso a las cuatro de la madrugada.

    A su lado, Ernesto seguía roncando con la misma sutileza de un tractor ruso de postguerra mientas ocupaba dos tercios de la cama. Sin mucha opción viendo el panorama que se le avecinaba, Mariví decidió dar por concluida su duermevela y levantarse, a fin de cuentas, hoy era el día, hoy era Navidad.

    Se había quedado hasta tarde haciendo canelones. Hirviendo las obleas en su punto, escurriéndolas para después rellenarlas con carne picada con el 1,2,3 picadora Moulinex que conservaba desde tiempos inmemorables, para finalmente bañarlo todo con la bechamel que preparó con tanto esmero. Luego, un tejado de queso perfectamente esparcido por toda la bandeja y al horno. Solo quedaría recalentar un poco para que se acabaran de hacer justo cuando llegaran todos. También hizo croquetas caseras, aprovechando las sobras, de esas tan sabrosas y buenas que solía preparar con algún que otro ingrediente secreto. Por último, el pavo relleno al horno, con sus pasas, sus piñones y demás. Todo ello sin olvidarnos de los entrantes, patatas fritas, embutidos de todo tipo en bandejas plateadas, aceitunas, canapés y toda clase de pica-pica que os podáis imaginar.

  Después de desperezarse y vestirse, Mariví esperaba la llegada de todos empezando a preparar la mesa con «la vajilla buena», esa que solo se saca en ocasiones importantes y, desde luego, hoy era una ocasión importante.

    Al poco de ponerse a ello, por el quicio de la puerta del comedor aparece Ernesto con más sueño que un perezoso haciendo la digestión.

    —¿Qué haces tan temprano con eso? Aún falta para que vengan los niños —le dijo a Mariví.

    —¿Tú qué crees que estoy haciendo? Preparando la mesa, que las cosas no se hacen solas. Y haz el favor de vestirte en condiciones, que pueden venir en cualquier momento.

    —¡Joder, Mariví! ¿Ni el día de Navidad dejas de echarme bronca?

    —Si de vez en cuando me ayudaras un poco no tendría que echarte bronca. ¡Vístete!

    Cosas que pasan tras cuarenta y dos años de feliz matrimonio.

    Hacía mucho tiempo que en las reuniones familiares cada uno iba «a su bola». Su hijo Andrés, soltero y medio gay, no paraba de meterse con su cuñado Gabriel, marido de su hermana Luisa. Ella, a su vez, regañaba a su hijo Fermín por estar todo el santo día con el móvil. Ernesto, siempre ajeno a todo mirando la televisión sin oírla por el jaleo montado, parecía un mero figurante y Mariví yendo y viniendo de la cocina con platos para arriba y para abajo. Todo un clásico.

    Pero esta vez no iba a ser así, Mariví tenía un plan y hoy iba a comer tranquila.

    Al poco de terminar de poner los cubiertos, sonó el timbre.

    Ya es hora, ya empiezan a llegar los comensales, pensó.

    Poco a poco fueron apareciendo los miembros de la familia. El primero en llegar fue Andresín, con su estilismo peculiar y sus ganas de jarana. Al poco llegaron «los 3 de Castilla», Luisa, Gabriel y Fermín. Poco tardaron en ponerse a hablar de fútbol, religión y política junto a Ernesto y Andrés mientras Fermín seguía a lo suyo con su teléfono móvil.

    —Anda, ¿es nuevo, Fermín? —preguntó Mariví.

    —Sí. –Se adelantó Luisa ya que Fermín parecía que ni siquiera oía a su abuela. —Se empeñó en que lo quería y ya sabes…

    —No, no sé. ¿No le iba bien el otro?

    —Sí, pero bueno… Para aplicaciones y demás se le quedaba corto.

    Se le quedaba corto, pensó Mariví. Ni que fuera un jersey dos tallas más pequeño. A saber qué diantres tendría que hacer con el móvil que resultara tan importante como para cambiarlo cada seis o siete meses.

    —Vosotros sabréis —se limitó a decir.

    Se fueron sentando en los sitios convenidos. Siempre eran los mismos, ahí empezaba la tradición. Presidiendo la mesa, cómo no, Ernesto. A su derecha su hijo Andrés. Al lado de este, el benjamín, Fermín. A continuación, Mariví, quedando así frente a Ernesto. Después Luisa, delante de Fermín y, por último, Gabriel frente a su cuñado.

    —¿Un poco de Rioja, Andrés? —preguntó Gabriel.

    —No, gracias. Yo es que soy de blancos y además hoy hay cava.

    —Suegro, ¿le sirvo un poco?

    —Lo mío es la cerveza, ya lo sabes —contestó Ernesto.

    —Pues nada, en ese caso, yo repito, que un día es un día, ¿no?

    Nadie le respondió y él se llenó la copa casi hasta rebosar. Si Gabriel tenía un punto débil conocido, ese era, sin duda, un buen tinto, en especial, los Rioja. Este, en concreto, reservado en exclusiva para él y para la ocasión.

    Todos sentados a mesa puesta menos Mariví que iba trayendo platos y recogiendo los vacíos para dejarlos en la cocina. Mejillones al lado de Ernesto, canapés al de Luisa, embutidos repartidos aquí y allá, encurtidos y entremeses cubrían la mesa como toallas en pleno mes de agosto en las playas marbellís. Ni siquiera se veía el color del mantel de tanta comida por doquier.

    Estuvieron comiendo y charlando de todo y de nada mientras la comida iba y venía de la cocina.

    Ernesto, tras haberse atiborrado de mejillones, se disponía a atacar los canelones recién sacados a la mesa, mientras Mariví acababa de calentar el pavo en la cocina. Notó que algo no iba bien, su cuerpo no reaccionaba a las órdenes que le daba su cerebro.

    Qué raro, pensó.

    Podía mover los ojos, pero no las manos ni los brazos, de hecho, no podía ni siquiera mover el cuello, ni farfullar palabra alguna. Buscó con la mirada, nervioso y angustiado, los ojos de su hijo Andrés para pedir ayuda. Andrés, sentado a su lado, estaba más preocupado de llevarle la contraria a su cuñado diciendo que con el PP esto no pasaba, que de lo que le pasara a su padre. En un momento dado lo miró de soslayo y notó algo. Por raro que pareciera no se percató de que su padre no se movía, lo que le pareció raro fue que no estaba comiendo.

    —Papá, ¿estás bien? No has probado los canelones —dijo. Obtuvo un movimiento de ojos de izquierda a derecha tan rápido como ecléctico por respuesta. Todo ello acompañado de la movilidad típica de un muñeco de cera jugando al escondite inglés.

    —¡Papá, me estás asustando! ¡Mamá, a papá le pasa algo! –gritó Andrés en dirección a la cocina. Su madre, bandeja en mano sacando el pavo para servirlo se acercó, dejó el pavo en el centro de la mesa y mientras todos la seguían con la mirada dijo:

    —A ver, ¿qué pasa?

    —Papá no come, de hecho… ¡De hecho ni se mueve!

    Mariví se acercó hasta donde descansaba involuntariamente su marido, le cogió la cara con la mano derecha y se la giró haciendo coincidir sus ojos con los de Ernesto mientras sonreía furtivamente durante una décima de segundo. Imperceptible para el resto, eterna para Ernesto, esa mirada habló más que toda una vida de casados. Le devolvió la cara a su estado de rigidez focalizándola en la mesa diciendo:

    —No pasa nada. Papá está bien —le espetó Mariví mientras cogía los cubiertos que Ernesto tenía encima de la mesa.

    Justo al lado, Gabriel se notaba algo mareado, confuso. Lo acusó al vino, aunque tampoco había tomado demasiado, no a su juicio. Empezó a ver borroso y doble cuando observó un pequeño círculo rojo y encima del plato que segundos antes no estaba. A ese se le sumó otro, y un tercero hasta que entendió que ese líquido rojizo provenía de su nariz.

    —Cariño… —dijo cogiendo del brazo a Luisa y llamando su atención mientras le mostraba su rostro. Entretanto, Andrés se dirigía a su madre:

    —¡¿Cómo que papá está bien?! Si parece una estatua. ¡¡¡Algo le pasa!! Hay que llamar a…

    —¡¡¡Que te estoy diciendo que está bien, joder!!! —gritó mientras con la mano izquierda le clavó a Andresín el tenedor en la suya, quedando así, atrapada contra la mesa.

    —¡¡¡AAAAAHHHHHHH!!! —gritó Andresín. Sin tiempo de ser consciente de la totalidad del dolor que padecía, Mariví se acomodó el cuchillo en mano derecha y de un revés, cuál Federer en Wimbledon, se lo clavó a través de la boca abierta hasta llegar a la base del cráneo; rasgando a su paso la base de la lengua, el paladar blando y seccionando la vena yugular interna, hasta encontrar salida por la parte trasera de su nuca. Lo dejó ahí calvado mientras su hijo convulsionaba semiinconsciente al borde de una muerte más que probable. Él ni siquiera se dio cuenta. Fue todo tan rápido como preciso.

    Pasó por detrás de la silla que soportaba el cuerpo moribundo de Andrés en apenas un segundo. Tiempo suficiente para llegar donde, móvil en mano, debería de estar comiendo Fermín. No tocó nada de la comida que Mariví había preparado con tanto esmero y dedicación, absorto por completo en el mundo virtual que cabía en la palma de su mano, ni siquiera se percató de lo que había ocurrido justo a su lado hacía escasos segundos.

    Desde detrás de la silla Mariví le espetó:

    —En la mesa no se está con el móvil, es de muy mala educación.

    Ni siquiera la escuchó. Ella, como si fuera la profesora de artes marciales de Steven Seagal y con la serenidad de un monje tibetano, le cogió la cabeza desde atrás con ambas manos y con un movimiento brusco y rápido como la más letal de las descargas eléctricas, hizo que su cuello girara muchos más grados de los que la naturaleza humana permitía.

    Esa fue la única manera que halló para que apartara su mirada del móvil.

    Luisa, desconcertada por todo lo que estaba sucediendo en tan poco tiempo y sin dar crédito a todo aquello, miraba aterrada entre gritos y sollozos a Mariví, que impasible se acercaba a ella. Su madre acababa de ensartar a su hermano, su padre estaba inmóvil, su marido sangraba por la nariz y su hijo ahora tenía el cuello roto. Demasiados datos horribles en un breve espacio de tiempo para que una mente cuerda los pueda procesar correctamente.

    —¡Fermín, hijo! —repetía —¡¡¡FERMÍN!!! ¡¡¡FERMÍN!!!

    —Es por tu culpa, Luisa, lo has malcriado demasiado —dijo pausadamente. —Nosotros nunca te dimos esa educación. Nos debes un respeto a tu padre y a mí. Respeto que por lo visto has olvidado mostrarnos.

—¡ESTÁS LOCA! ¡¡¡ESTÁS PUTA LO…!!!

    No tuvo tiempo a decir más. La última sílaba de esa palabra quedó ahogada entre la sangre que brotaba ahora de su garganta mientras intentaba levantarse sin éxito de la silla. Décimas de segundo antes, Mariví cogió su propio cuchillo y lo hundió en el cuello desde su derecha, atravesando la arteria carótida, el escaleno medio y parte del posterior. Esta vez sí extrajo el cuchillo, dejando paso al aire y haciendo así que de la herida emanara a borbotones una cantidad ingente de sangre.

    Andrés continuaba convulsionando. Andrés o el despojo de carne tembloroso que quedaba de él. Ernesto seguía con estupor y miedo todos y cada uno de los pasos que su esposa realizaba. Parecía todo estudiado, llevado a cabo de la manera más perfecta e implacable que alguien pudiera pensar.

    En la esquina, Gabriel, además de por la nariz, empezaba a expulsar vómito con sangre por la boca. Decir que estaba acojonado es decir poco. Una mezcla entre alucinación, rabia, miedo y delirio invadió su cuerpo mientras observaba la escena con un filtro rojo en la mirada. Tan solo pudo medio verbalizar al tiempo que le mostraba las palmas de sus manos abiertas a Mariví:

    —Suegra… No, no por favor. No me…

    No hubo respuesta. No con palabras al menos. A modo de réplica Gabriel obtuvo un tirón de pelo que le llevó la cabeza hacia atrás, dejando su cuello a merced del cuchillo que Mariví sostenía con la mano izquierda. Ella era diestra, pero esa mano la tenía ocupada tirando del cabello de su yerno, con lo que se tendría que apañar con «la menos hábil». Poco importaba, nadie la iba a juzgar por el resultado de ese corte.

    Sin dudar un ápice, le rebanó el cuello de lado a lado. Ese que prometió cuidar siempre a su hija, darle un nieto a ella y procurarles un buen porvenir fruto de su trabajo, tan solo cumplió lo del nieto. Su hija estaba ahogándose, el porvenir de los tres estaba más que claro y el nieto… Bueno, el nieto se podría decir que ya no tenía movildependencia. No hay mal que por bien no venga. El veneno surgió efecto tal y como estaba previsto, la hematemesis fue espectacular.

    Mientras todo eso le pasaba por la cabeza a Mariví, la sangre que salía del cuello de Gabriel le salpicó en las gafas, en su propio plato, en la mesa y hasta en la mejilla de Ernesto.

    La niebla no tardó en venir y Gabriel se rindió a su destino casi sin luchar. No entendía nada. No quería entender nada. Solo quería que su madre le preparara uno de sus bizcochos de chocolate. Él se veía delante del horno mirando cómo la levadura subía. Sonó el clic del temporizador en su cabeza. En ese momento se fundió a negro y se le apagó el mundo.

    Ernesto no podía creer lo que veían sus ojos. Como si fuera el protagonista de Saw, de la primera, de la buena, que está en medio de la sala siendo consciente de todo sin poder hacer nada. Porque no nos olvidemos, el protagonista es el que está tumbado en el suelo desde el principio, eso es así. En cualquier caso, a Ernesto le entraron unas arcadas propias del terror que acababa de vivir. Se le revolvió el estómago de tal manera que sus intestinos no podían soportarlo y notaba como poco a poco el reflujo asomaba de manera irremediable e irrefrenable. Vomitar no era problema, el problema era no poder hacerlo. Su boca había quedado cerrada fruto del último espasmo controlado y ahora notaba cómo la ingesta de ese festín navideño quería salir.

    —¿No tienes más hambre, cariño? ¿O es que se te ha cerrado el estómago? —dijo Mariví mientras limpiaba con el dedo pulgar la sangre de Gabriel que reposaba en la mejilla de su marido. —¿No comes más?¿Y ahora qué vamos a hacer con tanta comida?¿Estaban buenos los mejillones? Sí, ¿verdad?

    Ernesto no lograba entender nada mientras la comida recorría su camino de vuelta, aunque él no quisiera. Unas arañas rojas recorrían sus globos oculares, invadiéndolos poco a poco a medida que los segundos transcurrían. No paraban de crecer y reproducirse.

    —No entiendes nada, ¿verdad, mi vida? Verás, una aprende mucho viendo CSI por las noches. Sí, esas noches en las que yo me quedo recogiendo todo, la cocina, la mesa, limpio los fogones, etc. Esas en las que tú estás durmiendo y yo voy a hacerlo a las tantas y en las que apenas puedo conciliar el sueño con tus ronquidos. Tus putos ronquidos. Una de esas noches, mientras recogía todo, escuché a mi espalda una frase que decía: «Somos dueños de nuestra propia vida, no estamos hechos para contentar a los demás, Horatio». En ese momento, algo se activó en mi cabeza, y ese algo nos ha llevado hasta aquí, hasta hoy. Lo que te ha paralizado ha sido una neurotoxina que me he encargado de introducir en todos y cada uno de los mejillones, previamente hervidos, con una jeringuilla. Un trabajo de chinos, podría decirse, pero bien ha valido la pena. Si te hubieras comido un par no te hubiera pasado nada, pero como te conozco y sé que eres un ansias, te los has tenido que comer todos, y claro, luego pasa lo que pasa, y lo que pasa es que vas a morir. Oh, sí, como todos ellos, Ernesto; tú también vas a morir hoy.

    Ernesto se tomó apenas dos segundos para procesar todo aquello. Dos segundos de tiempo extra que su esófago le brindó antes de que no pudiera retener tanto mejillón triturado. En sus ojos ya no quedaba ni rastro de blanco. Sus mejillas eran dos globos sonrojados e hinchados a punto de estallar. Su cavidad bucal no permitía contener todo aquel revoltijo y de entre la comisura de los labios tan sólo salían las partes más líquidas de aquella mezcla. Todo eso sucedía a una velocidad brutal, mientras Ernesto se ahogaba en su propio vómito. Qué muerte tan horrible, no quiero ni pensarlo. Al menos el resto tuvo más suerte. Andrés ya no tiritaba, Luisa no respiraba, Fermín miraba en dirección a la cocina con los ojos llenos de tinieblas y Gabriel contemplaba el techo a través de sus ojos sin vida.

    Ernesto empezó con los estertores, que fueron breves.

    Qué poco dura la diversión, pensó Mariví. Planearlo todo para que termine en un abrir y cerrar de ojos. Es como el comer. Tanto tiempo preparando algo para comerlo en un santiamén, se dijo.

    Se sentó en su sitio, cogió los cubiertos y por fin comió tranquila. Por fin unas navidades con calma y sosiego. Por fin unas navidades felices. Tomó los canelones y el pavo que con tanto cuidado preparó. Ni siquiera se molestó en limpiarse las gotas de sangre que acariciaban sus manos y decoraban sus gafas, porque aquello era fruto de su plan. Era el resultado de su plan. Porque ella tenía un plan para comer tranquila en Navidad y lo llevó a cabo.

    Así, sí, pensó. Así una sí puede celebrar la Navidad tranquila. Y después de comer…

    —¡Mierda! Ya sabía yo que se me olvidaba algo. Después de todo, no he preparado nada de postre. ¡Cachislamar! Bueno, tampoco importa mucho, estoy bastante llena. Creo que me tomaré un café.

    Se levantó, se limpió la comisura de los labios y echó la servilleta sucia encima del plato. Colocó de nuevo la silla en su sitio y se dirigió hacia la cocina.

    El café que se tomó después fue el más delicioso que probaría en toda su vida.

 

 

@XabiGarza

Comentarios

  1. Hola Xabi!

    No me esperaba que su plan fuera deshacerse de los comensales. ¡¿Se ha vuelto loca esta mujer?! Jajaja.

    Marivi encarna a muchas personas que en lugar de poder disfrutar de la Navidad les toca cocinar y servir, mientras los demás llegan, se sientan, comen y "viva la pepa". Supongo que toda esa frustración o ira le ha llevado a la locura de cometer esta atrocidad.

    Enhorabuena por el relato, sublime!! ;)

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    Respuestas
    1. ¡Muchas gracias!
      Qué alegría que pases por aquí.

      ¿Quién no ha tenido ganas de ser Mariví alguna vez? Jajajaja

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