Ir al contenido principal

Me enfadé, por cortesía de @Trying_Mom

La verdad es que no sé qué hago yendo. Que vaya, dice Manel. Ha sido todo un detalle invitarme a asistir, igual de grande que el de Laura pidiéndome que la acompañara en esto. Es mayorcita, 27 años cumplirá el mes que viene, no obstante, agradezco tanto que cuente con mi opinión… Porque sí, claro, yo estoy sólo por acompañarla, pero, al fin y al cabo, soy la madre de la artista, nadie velará por sus intereses como yo, diga Manel lo que diga y por muy cariñoso y amistoso que se muestre, que esto no deja de ser su trabajo, un trabajo como otros. Que sí, que muy amable y muy simpático, pero mi niña es otro negocio para él.

Y ella lo sabe, ¿eh? ¡Vaya que si lo sabe! En primer lugar, porque no es tonta, sólo es joven. En segundo, porque ya me he encargado de recordárselo todas las veces que tan solícito ha venido a casa para reunirse con ella. Tanto antes de que llegara como después de que se fuera. Debe estar asustada e impresionada porque, lejos de decirme que ya lo sabe y que deje de ser tan pesada, me mira a los ojos con una ilusión que hace que sienta que se me desgarrará el alma como ese capullo la esté intentando engañar, pero me aprieta fuerte la mano y me pide que no se la suelte hasta el final de todo este proceso.

La primera vez fue toda una sorpresa. Hasta que abrí la puerta y lo vi ahí no terminé de creerme que fuera verdad, que Manel estaba interesado en el cuento que había escrito Laura. ¡Ya ves, Manel Fuentes! ¡Ay, pero es que es tan bonito!

Me había llamado por teléfono para solicitarme la entrevista, y esto ya me sorprendió por varios motivos.

Uno fue de dónde leches había sacado mi número. Está claro que no es secreto, quien me busca, me encuentra, y alguien como él seguro que tiene los contactos adecuados para facilitarle esa tarea.

Otro, porqué me llamaba a mí. Quiero decir, Laura es mayor de edad, tiene su propia línea telefónica, ¿por qué contactar con ella a través de mí?

Por supuesto, también el hecho de que Manel trabajara en estas cosas, pero esta sorpresa fue menor porque sé que todo el mundo se busca la vida y que, los que conocemos por salir en la tele un ratito de vez en cuando, casi con toda probabilidad trabajarán de algo más que no sepamos el común de los mortales porque, para vivir sólo de la tele, hay que estar muy bien pagado. Que no digo que no sea el caso, obviamente lo ignoro, pero en los tiempos que corren, es harto difícil.

Ahora que lo pienso, y para la extrañeza que supone que te llame Manel Fuentes, aún no sé cómo me atreví a darle mi dirección. Que fue muy correcto, ¿eh?, no digo lo contrario, pero nadie me aseguraba que fuera él y yo le estaba dando mis señas a un desconocido.

La cuestión es que, cuando abrí la puerta, allí estaban él y su sonrisa. Creo que conseguí controlar mi cara de desconcierto y, al mismo tiempo, de alivio. Nos estrechamos las manos y pasamos al salón donde esperaba Laura, a quien saludó también estrechándole la mano y diciéndole lo emocionado que estaba de conocerla. Tomó asiento en el sillón que le ofrecí frente al de ella, separados por una mesa baja, y ahí ya hubo un gesto que me gustó. Bueno, otro, porque el primero fue que vestía traje con su corbata y todo. Que seré muy antigua, pero un señor que acude a una reunión de negocios, para mí, debe ir en traje.

Pero a lo que iba, que me distraigo con un traje como un niño con un helado.

Lejos de apoltronarse como un pez gordo y famoso que se sabe admirado se desabrochó la chaqueta, se sentó acodado en las rodillas ligeramente separadas, y me miró. Comprendí que estaba esperando quedarse a solas con ella para empezar a hablar así que, medio azorada, dije que iba a hacer café y comencé a girar sobre mis talones.

—No, por favor, siéntate con nosotros. —Frenó mi huida— Perdona, te estoy tuteando, espero que no te moleste, pero es que estoy tan contento de conoceros que no me puedo creer que estoy aquí, con la escritora —señaló extendiendo la mano derecha hacia mi hija— y con la madre que, seguro, ha tenido mucho que ver en el resultado. —Añadió señalándome con la izquierda.

Es increíble la confianza y tranquilidad que transmiten algunas personas con el simple hecho de tratarte con normalidad y sonreírte.

Nunca he sido mitómana. Por razones que no vienen al caso siempre he sabido que las personas son eso, personas, independientemente de a qué se dediquen, con quién se codeen o qué apellido adorne su DNI. No era tener a ese hombre en casa lo que me impresionaba, sino que pareciera normal.

Voy apurada. Llevo retraso y no me gusta llegar tarde. Nunca me ha gustado, me pone nerviosa. No sé porqué no fui con Laura, cochina manía de terminar algunas cosas antes de salir de casa. Cuando llego al pub de la cita resulta que la terraza está en la otra puerta. Si le doy la vuelta a la manzana definitivamente se me hace tarde, así que decido atravesar el local.

En cuanto abro la puerta veo que está lleno. Pues nada, me abrazo a mi bolso y me lanzo a la tarea de cruzar el local lista para resistir cualquier placaje. «Qué sitio tan chulo, tengo que intentar recordar el nombre para venir con Pepe», pienso. ¡Ay, Pepe! Tenía que haber suspendido la cena de esta noche, no sé cuánto se alargará esto.

Cuando salgo por la otra puerta veo que Laura está hablando muy animada con Manel y otras personas. Me detengo a observarla. Me gusta verla así, se la ve contenta. Él me ve y se acerca a mí sonriendo. Me abraza por la espalda y me susurra:

—Mírala, qué contenta está, y cómo se desenvuelve. Parece que haya nacido para esto y estoy seguro de que tú tienes mucha culpa de ello. —me susurra al oído. Mientras su aliento dibuja ilusiones en mi cuello yo sólo puedo pensar «¿está arrimando cebolleta a mi trasero?», pero, cuando me empiezo a tensar, me digo «Ay, hija, no te está convenciendo de nada, no te está engañando, ¡relájate y disfruta del momento!».

No es la primera vez que me abraza así. Fue en mi casa. Me gustaba dejarles su espacio para hablar, pero siempre permanecía lo bastante cerca como para no perder detalle. En una ocasión, mientras Laura leía la documentación que le había traído, Manel levantó la cabeza, me vio y se acercó a mí sonriendo. Se situó a mi espalda, me rodeó la cintura con los brazos y murmuró junto a mi cuello:

—Tranquila, todo va a ir bien. — Mientras yo pensaba «qué majo, qué detalle que no haya dicho nada del volumen de mi tripa». Me hace gracia la expresión «incipiente barriguita». Nada de eso, estoy gorda, pero a él parece no importarle. No demasiado, al menos.

Manel me comenta que esos señores que están con Laura son sus socios de la editorial. Me pone una mano en la espalda y, con una leve presión, me acompaña para que nos unamos a ellos y poder presentármelos. No tardo en sentirme fuera de lugar, y con la excusa de ir a por algo de beber, desando mis pasos hacia la barra. Antes de alejarme me avisa de que no pague nada, que él se hará cargo.

Echo un primer vistazo a las botellas que veo por ahí, detrás del camarero que se mueve con una rapidez que me fascina, pero elijo tomarme una Paulaner para saciar la sed de mi maratón antirretraso.

—Buen gusto tiene la señora —me dice el camarero que me la sirve.

Saco la cartera para pagarla y oigo a mis espaldas a otro camarero que le dice al primero:

—No se la cobres, nos han avisado de que lo pagará todo el representante. —Es verdad, en ese momento recuerdo que me lo había dicho Manel.

Me giro para agradecer la oportuna intervención y veo que está llegando Pepe, que se dirige directamente a la terraza. Le repito que no era necesario que viniera, que ni siquiera sé si podremos ir a cenar, pero me dice que cómo no iba a venir a apoyar a Laura.

Vuelvo la cabeza para despedirme con una tímida sonrisa y un rápido «gracias» del camarero que está en la barra. Él me sonríe y me guiña un ojo.

Me encamino a la terraza lamentando que Pepe haya venido. En el fondo le entiendo, siempre ha querido mucho a mi hija. A veces hasta he pensado que me aguanta a mí para tener noticias suyas.

Cuando salgo otra vez veo que el grupo ha crecido mucho. Han llegado mis sobrinos, mi cuñado, amigos de mi hija y están todos más que animados, bailoteando y con una copa en la mano. Laura está hablando con unos señores que no conozco.

Pepe me ve y me grita que me anime a unirme a ellos en el baile. Lo conozco lo bastante para notar que ha bebido un par de copas de más. Me lo temía. Lo quiero mucho, pero tiene ese punto que me da miedo, como cuando un niño dice algo impertinente delante de quien menos te interesa. Y ahí está, acercándose a mí meciéndose con su particular ritmo y gesticulando con los brazos extendidos hacia mí.

Le pego un trago a mi cerveza fingiendo que no le veo, pero, inasequible al desaliento, sigue avanzando hasta que me alcanza, me pasa un brazo por los hombros e insiste en que me una a la fiesta. Ese gesto despeja todas mis dudas, ha bebido de más. Sólo me coge así cuando salimos los dos solos y, por decirlo de un modo suave, va pasado de vueltas.

Veo que Manel, siempre sonriendo, se acerca también sin dejar de mirar a Pepe hasta que llega a mi lado, me pone una mano en la espalda, me empuja suave al tiempo que se deshace de mi amigo y me dice:

—Han llegado los holandeses, ven que te los presente.

Vaya, así que ya están aquí… yo intentando no llegar tarde y al final aparecen cuando no estoy. Anda, mira, si también ha venido John.

¡Qué tío, John! Al principio no nos caímos bien, ahora… bueno, ahora nos toleramos. Él fue quien nos habló de los holandeses en una de esas reuniones que se mantenían en casa. Un día llamaron a la puerta y, cuando abrí, ahí estaba John Goodman. Me miró de arriba abajo como si le debiera algo y me preguntó si estaba aquí Manel. Le hice pasar y nos contó sobre un grupo editorial llamado Hetja que estaba interesado en el cuento de Laura. Vino cargado de documentación que en seguida se pusieron a analizar entre los tres.

Y ahí estaba ahora, como pez en el agua. Manel me iba presentando a unos y a otros y yo, sinceramente, casi no me enteraba ni de quiénes me decía que eran. Sólo me interesaba que mi hija estuviera bien, contenta y centrada, y que Pepe no la cagara, o no mucho.

Todo es alegría y jolgorio y no tardo en volver a sentir que desentono, de modo que reutilizo la excusa de ir a por a por una copa y vuelvo a separarme del grupo. Despacito, sin llamar la atención, poco a poco, un pasito atrás, luego otro, y me escabullo hacia el interior.

No hay nadie sirviendo copas así que me vuelvo a buscar a los camareros con la mirada, acodada de espaldas a la barra. Pronto veo que el «simpático» se acerca, se para frente a mí y me dice algo así como que parece que huyo de mi grupo.

—¿Sí?¿Eso es lo que parece? Pues sólo quería tomar algo —digo sin saber muy bien porqué le sigo el rollo.

—Si yo estuviera en tu grupo no permitiría que te alejaras tanto.

—Uy, cuidado con éste, que tiene mucho peligro —interviene el otro camarero, que le sortea y sigue su camino— la última vez que tuvo novia casi no se despegaba de ella, el muy cansino.

—¿Ah, sí?¿Eres de esos? —reí. Él se encogió de hombros, sonrió, asintió y se encaminó a continuar su trabajo. Me giré siguiéndole con la mirada.

—Ya te digo —seguía hablando su compañero. —es cariñoso hasta decir basta.

Cruzo los brazos y me inclino sobre la barra para la facilitarme la escucha, la historia promete ser divertida. No me hubiera dado cuenta de lo suculentos que se ven mis pechos así enmarcados y «servidos» si no hubiera notado hacia dónde se dirige la mirada de los camareros. Hago caso omiso, tengo esa tendencia a «eso a mí no me pasa».

—Bueno, ¿y qué quieres tomar? —me pregunta el cariñoso.

—Un Martini blanco, porfa. Seco, si no es mucho pedir.

Al ver mi intención de sacar la cartera me recuerda que no tengo que pagarlo, cojo mi copa, le doy las gracias y vuelvo a la terraza. Estoy cerca de la salida cuando empiezo a verlo todo demasiado despejado. ¿Dónde está el revuelo, el escándalo que tenían formado? Salgo y no queda nadie del grupo, los veo alejarse entre risas. Y allí estoy yo, con mi Martini en los labios, petrificada, flipando.

¿En serio? O sea, ¿de verdad llevo, llevamos, una hora esperando a que lleguen los de Hetja y ahora deciden que deberíamos ir a otro sitio? ¿Y nadie es capaz de, ya no digo esperarme, pero avisarme? Joder, que no estaba tan lejos, que sólo estaba dentro del local. ¿Y ahora qué? ¿Dejo mi Martini y echo a correr detrás de ellos? En este momento soy incapaz de reaccionar. Es más, ni siquiera me importa demasiado.

Veo a Pepe siguiendo al grupo, tambaleándose considerablemente y con una rubia del brazo. ¿Y quién es esa rubia? ¡Pues va tan fina como él!

Anda, mira, ahora se gira, me ve y vuelve a por mí voceándome que qué hago aquí, que porqué no voy con todos. ¡Manda huevos! Me echa un brazo sobre los hombros, que lejos de ser un gesto cariñoso es más una necesidad de apoyarse en alguien, y me dice:

—Venga, ¿qué haces ahí parada? Vamos con todos, que han dicho que ir a cenar.

—¿A cenar? ¿Y adónde se supone que vamos? —pregunto dejando mi copa sobre una mesa. Empiezo a mosquearme.

—¡Ah, yo qué sé! —dice riendo —Ya sabes que me lío con las calles. Creo que han dicho Islas Canarias o una de esas de por el centro.

—¿Por el centro? ¿En serio? ¡Pero, Pepe, que Islas Canarias está cerca de mi casa! Pocas cosas más lejos del centro.

—¡Jajaja!¡Y yo qué sé!¡Anda, vamos, que se nos escapan! —insiste tirando de mí. Mejor dicho, usándome de muleta.

Y ahora me veo sujetando a Pepe y a la rubia, que sigue enganchada a él, sospecho que porque tampoco se tiene en pie ella sola.

Y me enfado.

Me enfado tanto en ese momento que me despierto.

 

@Trying_Mom

Comentarios

  1. Muchísimas gracias a todos los que habéis pasado por aquí, muy especialmente a quienes os habéis parado a comentar.

    ResponderEliminar
  2. Jo, ¡muchísimas gracias a todos!

    ResponderEliminar
  3. Me ha encantado Trying, muy bueno ❤️👏👏👏👏

    ResponderEliminar
  4. Me ha encantado Mom, ese caos que va creciendo poco a poco está genial construido. Te ha quedado redondo!

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

El bordador de historias

¿Sabes esos días en que sientes que no necesitas dormir ni comer? Esos días en que todo lo que necesitas es sacar todo eso que te escuece desde lo más hondo de ti, explotar y compartir todo lo que te irrita, te enorgullece, te obsesiona, todo. Todo bulle, todo brota. TODO. Esos días en los que echas de menos, más que nunca, haber sido el heredero universal del tío de América, el gordo de la lotería o cualquier otra gracia que te permita vivir del cuento, de tu cuento, del que tú escribas, porque sólo necesitas vaciarte, volcar toda esa información que inunda tus células y que, bien aseada y con la cara lavada, luce como una bonita historia. Y es una historia bonita porque es real, y lo es porque ha tomado forma en tu cabeza y ahora está dibujada con letras de oro, formando palabras perfectas. Palabras cosidas con mimo y esmero a pequeñas puntadas, porque no das puntada sin hilo. Tú no. Y no importa que ese hilo se entrelace y enrede, no importan siquiera los jirones porque deshaces cua

Detrás de ti, por cortesía de @Lucy_Valiente_.

  Detrás de ti     Era toda una excepción que Álvaro saliera de fiesta y, además, coincidiera conmigo. Por tanto, decidí acompañarlos a sus amigos y a él hasta su casa, sin importar que ellos pensasen lo que no era. Sus amigos empezaron a tontear más en serio en cuanto entramos en el portal del bloque de pisos. Intenté hacer partícipe a Álvaro, pero aquello no era lo suyo y a mí eso no podía ponerme más. Una vez en la casa, él dijo que tenía sueño y yo dije que necesitaba usar el baño para poder seguirle. Tras averiguar a dónde se dirigía, revisé mi aspecto en el espejo del baño y me lavé la boca con colutorio. Él abrió los ojos como platos al verme entrar en su habitación y cerrar la puerta a mi espalda. ―¿Q-qué haces? ―Perdona, solo quería que me enseñases esa colección de vinilos. No conozco a nadie más que tenga, quitando a mi padre. ―No es tan raro ―se defendió. Me fijé en la estantería que se hallaba junto a su escritorio y allí estaban, debajo de una buena colección